En los últimos años, después de haber viajado varias veces al extranjero, hay que rendirse a la evidencia: el turismo de masas se ha convertido en un verdadero problema.
Es un tema del que oigo hablar mucho a mi alrededor, y hay que reconocer que la experiencia de viajar se ha deteriorado con el tiempo.
Este fenómeno no es nuevo, pero no deja de crecer a medida que cada persona tiene los medios para permitirse viajar más allá de su propio país.
A quienes nos gusta viajar de mochileros, a menudo nos gusta diferenciarnos diciéndonos que exploramos el mundo de otra manera, que nos gusta salir de los caminos trillados para evitar las multitudes de turistas.
Aunque en la práctica parezca una buena iniciativa, lo cierto es que algunos viajan solo por el simple placer de descubrir lugares nuevos, sin profundizar realmente en entender adónde van.
El descuido de los usos y costumbres, los malos comportamientos y el único objetivo de hacer fotos o vídeos para las redes sociales están en el origen de muchos debates en el mundo del turismo.
En ese caso, ¿qué alternativa adoptar para que viajar sea mucho más sano y respetuoso? ¿Hay que replantearse simplemente la forma de viajar?
Una alternativa al turismo de masas: el turismo responsable
En mi opinión, hay un enfoque que me parece fundamental para que cada uno de nuestros viajes sea lo más memorable y enriquecedor posible, tanto a nivel cultural como humano: el turismo responsable.
El turismo responsable se compone de 3 grandes ejes.
🌍 Impacto medioambiental
Reducir tu huella de carbono (transporte)
Hoy es un tema de actualidad que da mucho que hablar. Todos sabemos que cada uno de nosotros deja huella emitiendo carbono a diario. Y uno de los principales focos de emisiones es el transporte, en especial el avión.
Para muchos de nosotros, el avión es el medio de transporte preferido para movernos por el mundo, pero por desgracia es el que más CO2 emite.
Por ejemplo, las emisiones de CO2 de un vuelo París - Nueva York bastarían para agotar nuestra cuota anual de emisiones de gases de efecto invernadero.
Entonces, ¿cómo combinar la pasión por viajar con la preocupación por tu impacto ecológico?
La respuesta radical sería dejar de volar y usar solo el tren y el autobús. Pero en la práctica no es tan sencillo.
Porque todos tenemos limitaciones de tiempo y de dinero. A veces no se puede coger el tren porque es más caro y más lento que el avión. Lo mismo pasa con el autobús. Así que, si queremos ser coherentes con nuestros principios, habrá que hacer algunos sacrificios.
Si tengo que darte mi opinión, creo que hay que encontrar un equilibrio. No estamos obligados a renunciar al avión, porque sigue siendo un medio de transporte muy práctico.
Eso sí, habrá que replantearse la forma de viajar. Te recomiendo practicar el turismo lento, o “slow tourism” en inglés.
Preservar los ecosistemas y la biodiversidad
Cada vez se ven más hoteles y resorts construidos para atraer a más turistas. Si miramos hacia el Sudeste Asiático, muchos inversores ven el turismo como un nicho rentable en el que la comodidad del turista es la prioridad, en detrimento de la preservación de la naturaleza.
La consecuencia es una deforestación masiva y la privatización de zonas que antes eran de acceso público.
Esto también provoca la llegada progresiva de nuevos turistas a estas zonas, que pueden degradar el entorno con comportamientos irrespetuosos: tirar basura, condescendencia y hostilidad hacia la población local.
Entre los más afectados están, por supuesto, algunas poblaciones nativas que todavía viven en estas zonas y que se ven amenazadas por el desarrollo de todas estas infraestructuras.
Y, sin embargo, lo que hace tan atractiva la belleza de un país son precisamente los lugares preservados donde vive una población local que comparte su cultura y sus tradiciones, mostrándonos su propio país a su manera.
No viajamos solo para relajarnos junto a la piscina en un decorado paradisíaco con todos los servicios del hotel incluidos. Viajamos para descubrir una realidad diferente, para aprender cosas que no existen en casa.
Limitar el consumo (agua, energía, residuos)
A nuestra escala, si hay una forma de proteger el medio ambiente incluso estando de viaje, es limitar el consumo de agua, de energía y de productos de plástico, y también el desperdicio de comida.
A menudo es tentador pensar que, cuando viajamos, podemos relajarnos y hacer lo que queramos.
En el hotel usamos mucha más agua de lo habitual o dejamos el aire acondicionado encendido todo el día. Fuera, nos permitimos comprar botellas de agua, pedir bolsas de plástico, probar muchos platos locales, etc.
Este consumo excesivo desajusta la cadena de suministro de los recursos vitales.
Mientras la población local se limita a usar lo estrictamente necesario, el turista medio aprovecha su situación para consumir mucho más de lo que realmente necesita.
A esto se suma la cuestión de los residuos que se van acumulando en los vertederos. En algunos países, el tratamiento no está preparado para tantos residuos, porque se basa principalmente en el modo de consumo de la población local.
Con la llegada de los turistas, no es raro que los vertederos se saturen y que, además, esos residuos acaben en la naturaleza.
Por eso hay que tomar conciencia de nuestro propio impacto como viajeros y de las consecuencias que puede tener cada una de nuestras acciones.
Un consejo: lleva tu cantimplora y, si puedes, una bolsa de tela para todas tus compras en el mercado. ¡Y todavía mejor si puedes cocinar tú mismo llevando un táper contigo!
Respetar los espacios naturales y la fauna
El ser humano, en principio, vive en simbiosis con la fauna y la flora. Con el auge del turismo y del consumo desmedido, hemos acabado creando un desequilibrio tan brutal que nuestro planeta sufre las consecuencias de nuestros actos.
La enorme cantidad de residuos plásticos mata a los animales, y nuestros hábitos de consumo generan producciones intensivas de productos poco recomendables que luego acaban tirados en la naturaleza.
Más allá de los residuos, algunas prácticas ilegales, como la explotación de animales, se usan como entretenimiento para los turistas. El uso de elefantes y monos en Tailandia es el ejemplo perfecto de hasta dónde puede llegar el turismo por nuestro simple placer.
Mi consejo: si queremos que nuestros viajes sean lo más auténticos posible, debemos comprometernos a respetar ciertas normas que cuidan el medio ambiente y replantearnos la forma de descubrir un país.
👥 Impacto social y cultural
Respetar a las poblaciones locales y sus tradiciones
Descubrir un país nuevo no debe limitarse a visitar lugares históricos y ver paisajes bonitos.
Además de eso, también existe un deber de respeto hacia la población local y sus tradiciones.
Entender los usos y costumbres del país, la forma de vestir, el nivel de cortesía y la manera de relacionarse con los locales es esencial para evitar malentendidos y faltas de respeto.
También es una forma de enviar un mensaje positivo a nuestro interlocutor: decirle que nos interesa su cultura y su día a día, y que lo tratamos de igual a igual a pesar de las diferencias.
Aprender aunque sea unas pocas frases en el idioma del país es una muestra de respeto y de apertura de mente, porque demuestra que queremos entender la realidad del otro intentando dialogar con él.
Favorecer los encuentros auténticos
En todos mis viajes en solitario, los encuentros auténticos son para mí lo más importante.
A menudo tendemos a ver un viaje como un destino en el que vamos a descubrir lugares imprescindibles, probar distintos platos y participar en actividades locales.
Pero viajar es, ante todo, una forma de descubrir nuevas visiones, historias y realidades a través de los ojos de cada persona que conocemos.
Muchos de esos encuentros serán efímeros. Pero, a veces, solo un puñado de ellos nos enseñará muchísimo.
Aprendemos mucho sobre nosotros mismos al confrontar nuestras ideas con las de una persona de otro país.
Para mí no hay que descuidar este punto, porque con demasiada frecuencia, cuando viajamos, tendemos a quedarnos encerrados en nuestra burbuja sin intentar acercarnos a los demás.
Y, sin embargo, son esos momentos de conversación, aunque sean solo unos minutos, los que pueden cambiarlo todo en tu aventura.
Evitar el turismo de masas intrusivo
El turismo de masas se percibe a menudo como una plaga para la población local. Y con razón: reduce drásticamente la calidad de vida de los habitantes que viven cerca de los lugares turísticos.
La gran mayoría de los turistas vienen simplemente a hacerse fotos en monumentos históricos, a veces sin entender lo que ese monumento puede representar.
Algunos llegan incluso a molestar a los vecinos entrando en propiedades privadas para encontrar buenos rincones “instagrameables”.
Por eso el turismo de masas intrusivo puede provocar comportamientos a veces agresivos por parte de los locales, que muestran su rechazo a los turistas en su lugar de vida.
Y, en el fondo, es totalmente comprensible que actúen así. ¿A quién le gustaría que le molestaran en su propia casa?
Poco a poco, muchos de estos lugares pierden su alma porque están demasiado abarrotados. Y la experiencia del viaje se degrada.
Una solución podría ser reforzar las medidas de seguridad en ciertos lugares para que se respeten las normas. Pero muy a menudo esas reglas no se cumplen al pie de la letra.
A nuestra escala, lo único que podemos hacer es respetar siempre cada lugar que visitamos: no gritar, no intentar entrar en propiedades privadas, pedir información sobre el lugar a los comerciantes de la zona y respetar el espacio privado de los vecinos.
Preservar el patrimonio cultural
Una de las razones por las que la población local está orgullosa de su ciudad es la preservación de su patrimonio cultural. Y en ese sentido, es totalmente normal que quieran dar a conocer sus preciosos monumentos y museos históricos a mayor escala.
El turismo en sí favorece el desarrollo de estas ciudades, lo que es bueno para la economía local.
Sin embargo, el turismo descontrolado puede traer sus inconvenientes a la ciudad: pintadas en las paredes, degradación progresiva de algunas infraestructuras y falta de respeto en los lugares de culto.
Es importante entender que cada país tiene su propia historia, sus propias costumbres y su propia civilización. Destruir su patrimonio cultural es destruir una parte de su identidad.
Por eso, como turistas, debemos vernos como “invitados” en casa de la población local: venimos a compartir momentos con ellos y a respetar su patrimonio cultural.
💰 Impacto económico
Apoyar la economía local (restaurantes, alojamientos, guías locales)
El turismo actual se basa en gran parte en paquetes diseñados por agencias de viajes para que el cliente descubra lo que quiere ver: playas paradisíacas, hoteles cómodos, restaurantes de calidad y transportes prácticos.
Pero este tipo de viaje financia sobre todo a empresas ya bien establecidas, y muy poco o nada a la economía local.
Sobre todo cuando sabemos lo que hacen estas empresas con ese dinero: principalmente desarrollar nuevos complejos hoteleros para satisfacer una demanda muy fuerte.
¡Pues sí! Por desgracia, el mercado funciona según la oferta y la demanda. Cuanta más demanda hay para este tipo de viaje, más hacen las empresas para satisfacer a sus clientes.
Pero algunos comerciantes, anfitriones y guías locales quedan relegados frente al peso de estas empresas. Y eso que muchos de ellos tienen una verdadera pasión por compartir su cultura, pasar muy buenos momentos y enseñarte cosas fuera de los caminos trillados.
Así que todo depende de dónde inviertas tu dinero durante el viaje: ¿prefieres invertirlo financiando a esas empresas ávidas de dinero solo para ver lo que quieres ver? ¿O prefieres dejar espacio al descubrimiento acudiendo directamente a los locales para una verdadera inmersión?
Una remuneración justa para los actores locales
Muchos comerciantes, anfitriones y guías locales trabajan por cuenta propia y cobran según el servicio que prestan.
Cuando un turista gasta su dinero en sus negocios, una gran parte de ese dinero se destina a financiar la economía local: contratación de empleados locales, declaración de ingresos a Hacienda, reinversión en otros proyectos locales, etc.
Para saber qué establecimientos benefician a la economía local, hay algunos indicios que permiten detectar fácilmente cómo funcionan: cómo se trata a los empleados, cómo se les forma, si les apasiona su trabajo, si se trata de una cadena, etc.
Si acudes directamente a los locales, te aseguras de que el dinero que gastas les llega directamente, sin intermediarios.
Evitar las grandes cadenas internacionales siempre que sea posible
Como su nombre indica, las grandes cadenas internacionales apuestan por su influencia para controlar nuestra forma de consumir.
Hoy ya no es raro ver estas cadenas proliferar por todo el mundo. Su fuerza reside en su identidad de marca: cuando algo es muy conocido por el público, lo primero que le viene a la mente es esa marca, y no otra.
Si pongo el ejemplo de Starbucks, lo primero en lo que pensamos es en su café. Si mañana me apetece un café mientras viajo, enseguida pensaré en tomarme un café de Starbucks.
Así, todo nuestro pensamiento se orienta hacia esa cadena y ya no hacia la novedad, aunque otras cafeterías sean mucho mejores.
Ahí está la trampa, sobre todo durante un viaje. Hay que deshacerse de ese sesgo cognitivo para aprender a descubrir algo distinto de lo que solemos consumir.
Al aventurarnos fuera de nuestro sistema de pensamiento, nos abrimos a oportunidades que no esperábamos.
Conclusión
El turismo de masas es una de las consecuencias de un sistema basado en el deseo de los clientes de viajar más cómodamente, sin complicaciones y apoyándose en organismos especializados en turismo.
Hoy en día, los viajeros apuestan sobre todo por destinos donde se pueden ver paisajes bonitos y monumentos históricos que agradan a la vista, sin intentar necesariamente profundizar más. Las redes sociales y las estrategias de marketing desvían la atención del público para mostrar otra realidad del viaje que no busca aportar ningún valor a la estancia.
Nos dirigimos hacia un turismo que nos empuja a ver siempre más, sin adentrarnos de verdad en el entorno que nos rodea. Así, solo vemos la punta del iceberg, sin intentar descubrir en profundidad la cultura y las tradiciones de un país.
La industria turística se basa, por tanto, en grandes empresas que apuestan por la satisfacción del cliente intentando responder a su necesidad de comodidad y rapidez. Como consecuencia, desarrollan su oferta apostando por nuevas infraestructuras y nuevas experiencias sin tener en cuenta todos los retos ecológicos y sociales que eso puede generar.
Este sistema desvirtúa por completo la esencia misma de un viaje, que es vivir una experiencia lo más auténtica y humana posible.
Es un tema que me interesa muchísimo, pero que exige mucha investigación. En este artículo solo he compartido mis impresiones y reflexiones basadas en mi propia experiencia. Viajar me ha permitido cuestionarme algunos aspectos del turismo, sabiendo que yo también soy un turista.
Por eso, es nuestro deber hacer frente a un fenómeno de tal magnitud replanteando la forma de viajar. Y el turismo responsable debe poder dar respuesta a este problema.




