Viajar me ha ayudado mucho a salir de mi zona de confort. No me imaginaba conocer a tantos viajeros por el camino y de forma tan espontánea.
Cuando lo pienso, algunos de ellos me hicieron darme cuenta de cosas y replantearme distintos aspectos de mi vida.
Así que quiero compartir contigo mis mejores anécdotas de viaje ligadas a los encuentros más bonitos que he tenido viajando solo.
Gerard: el encuentro que marcó mi primer viaje en solitario

Quiero contarte la historia que marcó mi primer año viajando solo, con el encuentro de una persona a la que aprecio muchísimo: Gerard.
Para ponerte en contexto, yo tenía 19 años. Estaba en 2.º año de estudios superiores y atravesaba una crisis existencial sobre mi vida y lo que de verdad quería hacer en el futuro.
Mis estudios no me gustaban mucho, pero no tenía más remedio que seguir, porque era mi madre quien los pagaba.
En una familia vietnamita, estudiar bien es muy importante para tener éxito profesional y llevar algún día una vida estable.
Mis decisiones vitales estaban condicionadas por las exigencias de mi madre, y yo no tenía mucho que decir.
Además, en esa época yo era una persona tímida, sin mucha personalidad, que intentaba hacerse el interesante para llamar la atención de sus compañeros.
En mis ratos libres jugaba a videojuegos, veía muchos vídeos en internet y no salía mucho a relacionarme.
Vamos, que no me sentía muy a gusto conmigo mismo, porque todavía me estaba buscando sin encontrar realmente mi camino.
Lo único que sabía era que me gustaba viajar y descubrir el mundo. Nada más. No muy original, me dirás.
Mi madre, que había notado que estaba a punto de dejarlo todo para reorientarme hacia algo que me gustara más, decidió dejarme viajar con la condición de que siguiera estudiando.
Le dije que sí. Aunque tuviera que aguantar los años siguientes para sacarme el título.
Para mis vacaciones de verano decidí irme de otra forma. Sin familia, sin amigos. Solo. Y para ese primer viaje quería ir a Japón.
El problema era el dinero. Aparte de la beca del CROUS, que me había permitido ahorrar 1000 € en total, no tenía medios para irme muy lejos.
Tenía la suerte de seguir viviendo y comiendo en casa de mi madre, así que en ese aspecto no había necesitado gastar mucho.
Para ayudarme a hacer realidad el viaje, mi madre me ayudó a pagar el billete de avión. El resto me lo tenía que apañar yo. Solo podía estarle agradecido por todo lo que hizo por mí.
Porque sin ella, nada de lo que me ha pasado hasta ahora habría sido posible. Así que le doy muchísimas gracias a mi madre 😊
En julio de 2017 me fui a Kioto, en Japón, para hacer un voluntariado de 1 mes en una guesthouse. Encontré la misión gracias a la plataforma Workaway.
Una vez allí conocí a Tomo, mi mánager, que me explicó las distintas tareas que tenía que hacer. Un japonés muy simpático y acogedor.
Después me presentó a uno de los voluntarios que estaba justo al lado. Se llamaba Gerard.
De origen taiwanés pero criado toda su vida en California, era una persona tranquila y muy amable con la que tuve mi primerísima conversación.
Al principio no fue fácil, porque mi nivel de inglés era mediocre. Me costaba formular frases, pero al mismo tiempo era un verdadero reto para mí.
Con Gerard, las conversaciones eran fluidas y agradables, porque me dejaba tiempo para presentarme y hablar de mí. Y él hablaba con un acento comprensible que me ayudó mucho a entender el inglés después.
Gerard también fue quien me acompañó el primer día de trabajo.
Mis primeras conversaciones, aunque a veces torpes, me permitieron ir creando poco a poco un vínculo con él.
Nuestra primera salida por la ciudad fue un poco especial. Gerard había traído su cámara réflex para hacer algunas fotos.
Como yo no sabía gran cosa, Gerard me explicó lo básico para hacer buenas fotos.
Con la práctica, empecé a interesarme por la fotografía.
Muchas veces coincidíamos en la zona común para disfrutar del rato con otros viajeros, simplemente charlar y participar en las actividades que proponía la guesthouse.
Algunas noches, con los demás voluntarios, proponíamos salir a cenar a algún restaurante del barrio, explorar la ciudad o quedar en un bar.
Al final, la persona con la que más afinidad tenía era Gerard, porque era con quien más tiempo había pasado. Pero no solo por eso.
También fue gracias a él que mi estancia en Japón me abrió los ojos en varios aspectos de mi vida.
Le cogí el gusto a conocer gente nueva, a interesarme por nuevos campos como la fotografía, y me di cuenta de que, a pesar de todas las visitas turísticas que había hecho, mis mejores recuerdos eran haber pasado tiempo de calidad con él y con los demás viajeros.
A partir de ahí, todas las dudas que tenía antes del viaje se disiparon para dejar paso a más claridad sobre lo que quería emprender.
Desde ese viaje no he dejado de viajar solo, en busca de nuevos encuentros inspiradores, y de disfrutar cada momento con los viajeros que aprecio, aunque eso suponga olvidarme de los planes del día anterior.
Steve: uno de mis encuentros más bonitos y una fuente de inspiración en Taiwán

Pienso sobre todo en un amigo francés al que conocí en Taiwán durante mi voluntariado en un albergue en 2019: se llama Steve.
La primera vez que nos vimos fue el día en que empezaba a trabajar como voluntario.
Recuerdo que ese día me acerqué a él porque tenía acento francés al hablar inglés.
Empezamos a charlar unos minutos y enseguida congeniamos. A partir de ahí, nos propusimos ir a explorar Taipéi, ya que habíamos llegado al país más o menos a la vez.
Cuando terminó su turno, salimos por la noche con su cámara. Por lo que sea, nos encantó tanto el ambiente de la ciudad y todas sus luces que nos hicimos fotos, como para iniciarnos un poco en la fotografía.
Hablábamos de muchos temas, de lo que hacíamos y de lo que aspirábamos a conseguir en la vida.
Steve había ido a Taiwán con un PVT (visa de trabajo y vacaciones) para quedarse 1 año, encontrar pequeños trabajos como voluntario y poder explorar la isla.
Me contó su vida para que lo conociera mejor.
Era alguien que no había aprobado el bachillerato, que no soportaba trabajar en una empresa y que prefería disfrutar de la vida, aunque no tuviera mucho dinero. Encadenaba trabajos temporales para ahorrar y gastarlo en actividades que contribuyeran más a su realización personal.
Él mismo se había sentido perdido después del bachillerato y no se veía llevando una vida de asalariado. Para él, la vida había que vivirla a tope explorando el mundo que nos rodea, y no pegado a una silla manejando números.
Tenía 8 años más que yo y desprendía positividad constantemente.
Las veces que salimos a explorar Taipéi sentí que era una persona sencilla. Lo veía vivir de forma frugal, sin gastar, y guardaba ese dinero para lo que más le importaba.
En cuanto a la comida, a menudo lo veía comer muy poco, o solo un paquete de ensalada y nada más, porque era barato. ¡Imagínate hasta dónde podía llegar para aguantar más tiempo en Taiwán!
Había momentos en los que me daba pena y quería ayudarlo económicamente. Pero para Steve esa situación era totalmente normal, porque ya estaba acostumbrado a vivir así.
Veía en él muchísimo valor, porque no todo el mundo podría hacer lo que él hacía.
Vi en él a una persona que iba a contracorriente de lo que predica la sociedad: estudia, búscate un trabajo estable y sigue así hasta la jubilación.
No. Él era todo lo contrario. No le costaba casi nada vivir con muy poco. Y siempre conseguía salir adelante disfrutando de su vida en el extranjero.
A diferencia de mí, vivía intensamente el momento presente y no pensaba en otra cosa que en disfrutar de cada instante con los viajeros.
No se hacía 10 000 preguntas: cuando le apetecía hacer algo, lo hacía.
Por eso encontré en él tanta inspiración. Aunque sigamos caminos diferentes, supe aprovechar su energía desbordante y su capacidad para salir adelante a pesar de las dificultades para ver las cosas de otra manera en mi vida.
Jihwan: un encuentro inesperado en Nueva York, hoy uno de mis mejores amigos

Tengo otro encuentro bonito que me gustaría contarte.
Con la reapertura de las fronteras tras el covid, me fui con un amigo a Nueva York en 2021.
Nos alojábamos en un hostel en pleno Manhattan (¡que nos costó bastante caro!) para estar lo más cerca posible de las zonas turísticas, pero también para intentar conocer gente.
En nuestro dormitorio conocimos por casualidad a un coreano que también estaba de paso visitando la ciudad: se llamaba Jihwan.
Estudiaba Derecho en Indianápolis dentro de un intercambio universitario. Era un estudiante que tampoco tenía mucho dinero y vivía de lo que había ahorrado durante su servicio militar en Corea del Sur.
Después de charlar un rato con él, acabamos explorando Nueva York juntos. Unos días después nos despedimos, porque mi amigo y yo teníamos que irnos a Miami y él tenía que volver a sus estudios.
Tres meses después recibo un mensaje suyo: me cuenta que va a visitar Europa durante 2 semanas. Había decidido no seguir con su intercambio en Estados Unidos y prefería viajar. Así que me pregunta si mi amigo y yo estamos disponibles para vernos en París.
Jihwan iba a pasar 1 semana visitando París. Decidimos enseñarle los mejores sitios como buenos locales. Al final nos dijo que le había encantado su estancia gracias a nosotros. Me alegré muchísimo por él.
Tres meses más tarde, decidí irme 3 semanas a Corea del Sur. El motivo principal era volver a ver a mi amigo Jihwan.
Gracias a él, en gran parte, pude descubrir su país como un local: me invitó a dormir en su casa, me presentó a sus amigos de la universidad, me enseñó su ciudad, Pohang (una ciudad nada turística), y me dio las mejores recomendaciones de cosas que hacer.
En total nos hemos vuelto a ver 3 veces desde que nos conocimos en Nueva York.
Y hace unos meses me invitó a su boda, a la que por desgracia no pude ir por falta de tiempo.
Hoy puedo decir que es uno de mis mejores amigos.
La lección que saqué es que muy a menudo, cuando algunos de mis encuentros con viajeros se convierten en bonitas amistades, siempre acabo volviendo a verlos algún día en su propio país, con la suerte de viajar como un local gracias a ellos.
Shion: el encuentro que más me tocó el corazón, y a quien considero mi hermana mayor

Mientras estaba de viaje viendo a mi amigo Jihwan en Corea del Sur durante 3 semanas, las fronteras de Japón seguían cerradas a los extranjeros.
El 11 de octubre de 2022, el país del sol naciente anunció su reapertura a los turistas. El día que me enteré, pedí enseguida a mi mánager si podía coger 1 semana más de vacaciones. Aceptó.
Luego cambié inmediatamente el billete de vuelta que había comprado con Asiana Airlines. Lo mejor de todo es que no pagué ningún gasto por cambiar la fecha de vuelta ni la diferencia de tarifa.
Y fue gracias a mi amigo Jihwan, que me ayudó a contactar con el servicio de atención al cliente para hacerlo.
Así que me iba a Japón desde Corea del Sur. El día de la reapertura de las fronteras. Mi país favorito. Era simplemente increíble.
Rumbo a Fukuoka, donde me esperaba una amiga japonesa para enseñarme su ciudad.
A esta amiga la conocí al mismo tiempo que a mi amigo Steve en Taiwán. Los 3 hacíamos voluntariado en el mismo albergue.
Un día me propuso ir a verla a su ciudad, y eso hice.
Mi primera impresión al entrar en territorio japonés fue sencillamente inimaginable.
No había ni un solo turista. Solo la población local.
Fue una sensación muy especial, porque podía ver el verdadero Japón sin multitudes a mi alrededor.
Me dirigí a la guesthouse donde iba a alojarme unos días: Fukuoka Guesthouse Ship.
Mi primer encuentro fue con una chica del personal que parecía amable y simpática. Se llamaba Shion.
Una vez explicadas las normas de la estancia, dejé mis cosas en la habitación y volví a verla para pedirle consejo sobre qué ver y hacer por la zona.
Poco a poco empezamos a hablar de Japón, de la vida cotidiana y de la sociedad japonesa.
También fue ella quien me presentó a los demás miembros del personal, a los que también pude conocer.
Shion fue de alguna manera el puente que me permitió sumergirme en la cultura japonesa participando en las conversaciones con otros japoneses. Me traducía lo que me decían, porque yo no entiendo bien el idioma, y a la inversa, traducía a los demás lo que yo quería decir.
Estaba tan contento de poder conocer a tanta gente que acabé dejando de lado las visitas por la ciudad que quería hacer. Pero mereció muchísimo la pena, porque por el camino hice un amigo muy valioso (¡justo después te cuento mi historia con él!).
Shion es una persona sencilla y muy generosa. Se salía del molde del japonés clásico que solemos imaginar: gente que solo piensa en trabajar hasta matarse.
Al contrario. Era alguien que se dejaba llevar por sus emociones para vivir una vida que se le parece y más alineada con sus valores.
No le daba miedo hablar de temas delicados en una sociedad japonesa donde la crítica está muy mal vista.
Trabaja por temporadas para vivir solo con lo que necesita y construir su proyecto en torno a la fotografía. Su objetivo no es hacerse rica, sino transmitir emociones a través de sus fotos y vivir encuentros inspiradores. En resumen, todo lo que tiene que ver con lo humano y con el arte.
Shion me inspira muchísimo por su estilo de vida, aunque a veces sea bastante precario y difícil teniendo en cuenta la sociedad en la que vive.
Pero siempre consigue ver el lado positivo de su vida y estar siempre dispuesta a ayudar a los demás.
Hoy la considero una hermana mayor. Aunque no seamos de la misma familia, para mí sigue siendo una persona que me cuidó durante mi estancia y me contagió las ganas de conocer gente nueva.
Desde aquel encuentro hemos tenido ocasión de volver a vernos 2 veces: una en el mismo lugar y otra en París.
¡Y para mí siempre es un placer volver a verla!
Tatsuki: un encuentro increíble con una persona de gran corazón

Al mismo tiempo que conocí a Shion, también tuve la ocasión de conocer a otra persona en la guesthouse.
Un chico llamado Tatsuki, originario de Hiroshima pero que vive en la isla de Okinawa. Tiene mi misma edad y le apasiona la fotografía.
Estaba en la zona común, justo enfrente de la recepción donde estaba Shion.
En ese momento trabajaba en su ordenador retocando sus fotos.
Al principio no me atrevía mucho a hablarle porque no hablaba inglés. Luego, poco a poco, empezamos a charlar los 3 juntos, con Shion como traductora.
Todo empezó cuando Shion me contó que tenía una exposición temporal de fotos en una cafetería no muy lejos de la guesthouse.
Tatsuki tenía curiosidad por ver sus fotos. Así que me dije: “Venga, ¿por qué no ir también?”.
Por el camino, las conversaciones eran bastante complicadas por la barrera del idioma.
Con mis nociones de japonés, aprendidas en un curso de la escuela de ingeniería, conseguía más o menos formular frases sencillas.
Los temas de conversación se resumían en “¿A qué te dedicas? ¿Dónde vives? ¿Tienes hermanos?”. Básico, pero suficiente para romper el hielo.
Este primer encuentro fue solo el comienzo de una amistad, porque en realidad empecé a hacerme de verdad amigo de Tatsuki en otro viaje a Japón.
Pensaba volver al año siguiente, en 2023. Pero antes le pregunté a Tatsuki si estaba disponible para que nos viéramos. Lo estaba.
Su disponibilidad condicionó mi itinerario por Japón. Así que compré mis billetes de avión rumbo a Okinawa durante 1 semana.
Tatsuki me esperaba en su pequeña ciudad, Nago, en el norte de la isla. Para llegar cogí el autobús, que me llevó en 1 hora.
Su recibimiento fue muy cálido, y sentí que quería enseñarme Okinawa a su manera, como un verdadero local.
Esta vez me había preparado para sentirme más cómodo hablándole en japonés, aunque de vez en cuando usábamos un traductor.
Durante 2 días me llevó en su coche para enseñarme los alrededores.
Me recomendó alojarme en una guesthouse de la isla de Sesoko cuyo dueño conoce bien. Incluso se ofreció a venir conmigo a dormir una noche para que pudiera conocer al dueño, a su mujer y a su hija durante una velada.
Para mí fue la mejor guesthouse en la que he estado en toda mi vida.
Compartimos todos juntos la cena alrededor de una mesa, en un entorno idílico.
Aprendí mucho de ellos, y sentí que eran una familia muy relajada que disfrutaba de verdad de los momentos con sus huéspedes.
Gracias a Tatsuki tuve la oportunidad de convivir con personas que llevan una vida radicalmente distinta y que aman lo que hacen.
Después él y yo nos sentamos en el tejado de la guesthouse a contemplar las estrellas. Desde ahí empezamos a tener conversaciones profundas.
Cuanto más lo conocía, más veía en él a una persona de gran corazón.
Es una persona sencilla y positiva, a la que le encanta ayudar a los niños y que sueña con tener algún día su propio orfanato. Trabaja en un centro escolar cerca de su casa con el objetivo de inspirar a las futuras generaciones a seguir su propio camino. De vez en cuando hace sesiones de fotos de parejas o familias.
Este tipo de viaje me hizo darme cuenta de hasta qué punto los encuentros pueden transformar de verdad una experiencia de viaje en un recuerdo inolvidable.
Max en Solo: un trotamundos que comparte mis mismos valores

Todavía en la isla de Okinawa, después de volver a ver a Tatsuki, retomé la ruta en solitario para explorar otras zonas de la isla que aún no conocía.
Me dirigí al extremo norte para descubrir el parque nacional de Yanbaru.
Pero una vez allí, mis planes cambiaron de inmediato.
Para situarme, había decidido pasar una noche en el Yanbaru Hostel, el único más o menos asequible. Me costó 35 €, bastante caro comparado con el precio habitual de los hostels en Okinawa.
Al llegar me di cuenta de que no había casi nadie, aparte del encargado, que parecía muy ocupado con sus cosas.
Pedí dejar la maleta para poder dar una vuelta por la ciudad, porque todavía no podía hacer el check-in.
Me bastaron unos minutos para darme cuenta de que estaba en una ciudad un poco muerta, sin ninguna actividad y lejos de todas las rutas de senderismo. Además, apenas pasaba el autobús durante el día si quería explorar los alrededores.
No pasa nada. Decidí dar media vuelta y volver a Naha para encontrar más ambiente. Eso sí, perdí los 35 € de una noche que no llegué a pasar. ¡Qué se le va a hacer, forma parte del viaje!
A la vuelta decidí alojarme en Santiago Guesthouse Naha, un sitio pequeño y muy agradable que me gustó mucho por su zona común. El personal era muy simpático, y entre ellos había voluntarios que trabajaban a cambio de alojamiento gratis.
Ahí conocí por primera vez a Maxime, alias Max en Solo, un francés originario de Carpentras, una ciudad no muy lejos de Aviñón.
Con su bachillerato de Economía y Sociales en el bolsillo, había seguido estudiando Ciencias del Deporte. Un año después cambió de rumbo, porque las clases eran demasiado teóricas y no se centraban lo suficiente en el deporte.
Su mayor sueño: viajar, acumular valores de vida y experiencia en distintos campos, descubrirse a sí mismo y superar sus límites.
Para conseguirlo, intentó entrar en el Ejército de Tierra francés, una carrera que era el mejor compromiso con lo que quería hacer, y además se veía como futuro militar.
Pero el destino decidió otra cosa. Una enfermedad en los ojos le impidió seguir ese camino. Fue una gran decepción para él.
Quería cumplir su objetivo de viajar a toda costa. Y encadenando algunos trabajos para ahorrar dinero, acabó lanzándose a la aventura.
En ese momento, Maxime estaba haciendo un PVT de 1 año para explorar Japón. Antes de conocernos, ya había hecho varios voluntariados en distintas guesthouses por todo el archipiélago, de norte a sur.
Tenía un presupuesto de unos 10 000 € para sobrevivir durante ese tiempo, y su objetivo era aprovechar al máximo los momentos con otros viajeros, practicar japonés y, algún día, vivir en Japón de forma definitiva.
Durante nuestras conversaciones entendí que era un verdadero trotamundos al que no le daba miedo viajar fuera de los caminos trillados.
Me contó que, en un arrebato, había decidido cruzar a pie toda la isla de Kyushu. Para que te hagas una idea, hacen falta más de 3 días para unir los dos extremos andando. Pero lo hizo.
Pasando por carreteras de montaña bastante escarpadas, siguiendo caminos rurales y durmiendo en pleno bosque por la noche o en estaciones de tren, acabó llegando a su destino.
Al día siguiente decidimos ir a pasear por Naha para descubrir nuevos rincones y, de paso, hablar de nuestra situación, de lo que nos había llevado a viajar a Okinawa y de lo que pensamos de la vida en general.
Fueron conversaciones muy interesantes que no olvidaré, porque vi en él a una persona con buenos valores y con la ambición de llevar a cabo todo lo que emprendía.
Nos sentamos en una panadería simplemente para seguir hablando, y ahí me di cuenta de que teníamos muchísimo en común: nos encanta viajar dejando espacio a los encuentros espontáneos y crear vínculos profundos con los viajeros.
Después de ese viaje a Japón también tuve ocasión de volver a verlo. No fue en Francia, sino en Portugal, en Oporto. Fue en el verano de 2024.
Me contó que iba a dejarlo todo para irse a Japón a partir del año nuevo 2025. Y así lo hizo.
Durante 1 año y 3 meses iba a estudiar japonés y, en paralelo, encontrar un trabajo que le permitiera pagarse el alojamiento y vivir allí.
Hoy vive en Japón. Está muy contento con su camino y no se arrepiente de su decisión por nada del mundo.
Laura: un encuentro improbable con quien hoy comparto mi vida

Para terminar este artículo sobre los encuentros más bonitos de mis viajes en solitario, quiero compartir contigo la historia que cambió radicalmente mi vida: cuando conocí a mi novia actual durante mi viaje a Portugal.
Fue en 2024, en pleno verano. Era la época de los Juegos Olímpicos de París.
A diferencia de otros viajeros que venían a ver el evento, yo preferí alejarme de París durante 2 semanas.
Tenía que elegir destino, porque reservar billetes en temporada alta salía carísimo.
En Instagram vi por casualidad las Stories de mi amigo Max en Solo (el que conocí en Okinawa, ¿te acuerdas?), que había vuelto a Francia después de su PVT en Japón.
Resulta que estaba en el norte de Portugal con su familia durante 2 semanas.
Mi instinto me decía que fuera a verlo allí. Así que miré enseguida los billetes de avión a Oporto. Y adivina qué: ¡el precio no era muy caro!
Contacté con mi amigo para preguntarle si estaba disponible para vernos en Oporto. Me dijo que sí.
Así que reservé los billetes y preparé mi mochila de senderismo de 30 L.
Una semana después me iba a Portugal.
Una vez allí, pensé que sería la ocasión de viajar de ciudad en ciudad para descubrir lo que este precioso país tenía que ofrecerme.
Me quedé los primeros 4 días en Oporto para empaparme de verdad del ambiente de la ciudad y, por supuesto, volver a ver a mi amigo Max.
Después recorrí el norte visitando Braga, pasando por Coímbra y, por último, disfrutando de la playa en Nazaré.
Durante todo el viaje no había conocido a viajeros con los que tuviera especial afinidad. La gran mayoría iban más bien de fiesta por los bares de la zona, sin mucha profundidad en las conversaciones.
En Portugal en particular, era bastante difícil encontrar buenas guesthouses o hostels con un ambiente más tranquilo, donde la cultura del país prime sobre los juegos de beber.
Salvo una en Nazaré, con un ambiente tranquilo y relajado, donde los viajeros que conocí iban más bien en modo descanso. Ese lugar era Paz y Amor Guesthouse.
Está en lo alto de la ciudad, y desde la cocina común hay unas vistas preciosas de los alrededores. El precio también es muy asequible para la calidad del servicio.
Yo elegí alojarme en una habitación mixta con literas y quedarme 3 días.
Al entrar en la habitación me encuentro con dos personas: una colombiana llamada Laura y una china llamada Nan. Estaban charlando entre ellas.
Yo aprovecho para dejar mis cosas junto a mi cama.
Tardé unos minutos en unirme a la conversación, para presentarme, conocerlas un poco más y compartir nuestras experiencias de viaje.
Para mi sorpresa, Laura sabía hablar francés, porque vive en Francia desde hace unos años.
El tiempo pasa y decidimos ir todos juntos a cenar a un restaurante del barrio para pasar un buen rato y seguir charlando en un ambiente agradable.
Con el paso de las conversaciones, empecé a tener charlas cada vez más largas con Laura, porque nos llevábamos muy bien.
Como mi viaje era flexible, decidí quedarme 2 días más en Nazaré, porque quería pasar más tiempo hablando con ella.
Durante 5 días en total hablamos para conocernos mejor, compartimos las comidas y disfrutamos de estar en una ciudad tranquila para pasear y visitar los alrededores.
Lo que más me gustó de ella fue su forma de ser tranquila y dulce cuando hablábamos. A través de conversaciones profundas aprendí a conocerla y a sentir la sinceridad de sus palabras.
Al final compartíamos la misma visión de la vida, con ganas de apoyarnos mutuamente en nuestros proyectos.
Viajar, descubrir nuevas culturas, compartir momentos con los demás y llevar una vida sencilla: eso era lo que teníamos en común.
Nos respetábamos mutuamente, porque solo queríamos el bien del otro.
Nos dejábamos espacio para que cada uno tuviera su propio tiempo.
Había muy buena conexión entre los dos y, a medida que pasaban los días, empecé a desarrollar sentimientos por ella.
Al cabo de una semana di el paso de pedirle salir.
Una semana: eso es lo que me hizo falta para decirme “creo que es la persona adecuada”.
Tienes que saber que en ese momento no estaba buscando a nadie en absoluto.
Simplemente tenía ganas de descubrir este precioso país recorriéndolo como un trotamundos.
Ella misma me contó que no tenía ninguna intención de buscar a nadie durante su viaje a Portugal.
Su objetivo era descansar 5 días enteros para desconectar de los proyectos musicales que había encadenado durante los últimos meses.
Esta vez, mi flexibilidad al viajar fue decisiva. Porque si no hubiera decidido quedarme 2 días más en Nazaré, las cosas podrían haber sido distintas.
No habría tenido tiempo de desarrollar sentimientos ni una verdadera complicidad con ella, y quizá no estaría aquí contándote esta historia.
Como ves, el destino quiso que hoy compartamos nuestra vida desde hace ya casi 2 años.
Conclusión
Estoy muy contento de haber encontrado, tras todos estos años de experiencia como mochilero en solitario, la verdadera razón para viajar.
Todos estos encuentros me han dado más confianza en mí mismo: renunciar a mis planes iniciales para crear vínculos más profundos con las personas que conozco, tomar la iniciativa de empezar una conversación con un viajero y dejarme llevar por mi instinto.
Creo de verdad que, combinando lo humano con el viaje, cada experiencia se vuelve única, y nos damos cuenta de la suerte que tenemos de poder convivir con viajeros o locales que tienen valores preciosos que compartir.
Cada encuentro es una fuente de inspiración que me ha permitido aprender más sobre mí mismo, sobre lo que es bueno para mí y sobre cómo imagino mi futuro.
Para mí, estos 7 encuentros son los que más me han marcado en la vida, porque han tenido un papel muy importante en la persona que soy hoy. Sin ellos, las cosas habrían sido muy distintas.




